El huerto de la esquina
The Corner Garden
When a construction permit threatens the community garden a Bogotá neighborhood spent three years building, its organizers have to decide how hard, and how publicly, to fight for it.
Topics
- community
- environment
- urban life
- collective action
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Learner-paced · SpanishWhat you'll encounter
- Grammar
- Future tense for plans and promises (recogeremos firmas, pediremos una audiencia), Subjunctive of purpose and necessity (para que se entere, es importante que asistamos), Present perfect for accumulated results (han reunido, no ha sido la victoria), Passive and impersonal constructions (ha sido vendido, se reúne)
- Vocabulary
- Community organizing and urban space (huerto, audiencia pública, permiso), Construction and legal process vocabulary, Colombian community institutions (Junta de Acción Comunal)
- Language skills
- Following a narrative with several distinct voices, Understanding negotiation and partial compromise, Recognizing when an outcome is mixed rather than total
Camila llega al huerto todos los sábados por la mañana, incluso antes de que el resto del barrio despierte del todo. Hace tres años, ella y un grupo de vecinos de La Perseverancia transformaron un lote abandonado, lleno de y , en un huerto comunitario donde ahora crecen tomates, cilantro, fríjoles y una hilera de que alguien plantó solo porque le gustaban los colores. No es un proyecto grande ni tiene ningún letrero oficial, pero para varias familias del barrio se ha convertido en algo parecido a una plaza: un lugar donde los niños juegan mientras los adultos riegan las y se cuentan la semana.
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Un martes por la tarde, alguien en la de entrada. Es un comunicado de la constructora Altavista, que informa que el lote ha sido vendido y cuenta con permiso aprobado para construir un edificio de apartamentos. El huerto, dice el papel, deberá en un de treinta días.
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Esa misma noche, el grupo se reúne alrededor de la única banca del huerto, bajo la luz de un poste de la calle. Don Aurelio, que cuida el huerto casi todos los días desde que murió su esposa Rosa hace cuatro años, no dice casi nada; se queda mirando las matas de tomate como si ya se estuviera despidiendo de ellas. Yesenia, que trae a sus dos hijos todas las tardes después del colegio, es la primera en romper el silencio: «No podemos simplemente dejar que nos lo quiten sin pelear.» Mateo, el más joven del grupo, propone algo más concreto: recoger firmas y pedir una audiencia pública en la alcaldía local, además de contar la historia del huerto en redes sociales para que más gente se entere.
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Durante la semana siguiente, Camila y Mateo tocan puerta por puerta pidiendo firmas. No todos los vecinos se muestran igual de convencidos. «Ya lo he visto antes», le dice un señor mayor desde su ventana. «Al final, las constructoras siempre consiguen lo que quieren.» Aun así, para el viernes han reunido casi doscientas firmas, suficientes para que la les consiga un espacio en la próxima audiencia pública.
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La audiencia se lleva a cabo en un salón frío de la alcaldía local, con sillas plásticas y un micrófono que falla cada dos minutos. Camila, con las manos temblorosas, explica que el huerto lleva tres años funcionando sin ningún costo para el distrito, que ha servido de espacio educativo para los niños del barrio y que su desaparición sería una pérdida real para la comunidad. El ingeniero Rodrigo Salas, representante de la constructora, responde con cortesía pero sin : el permiso es legal, los planos ya están aprobados, y aunque lamenta la situación, su empresa no puede modificar el proyecto solo porque un grupo de vecinos lo pida.
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Camila sale de la audiencia con la sensación de que han perdido antes de empezar. «Al menos lo intentamos», dice Yesenia esa noche, sin mucha convicción en la voz.
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Pero unos días después ocurre algo que nadie esperaba. El ingeniero Salas se presenta solo en el huerto, un sábado por la mañana, con un casco bajo el brazo, para medir el terreno con más calma de la que había podido dedicarle antes. Se encuentra con don Aurelio, que riega las matas sin prestarle demasiada atención al principio. Terminan hablando durante casi una hora. Don Aurelio le cuenta que el huerto empezó como una manera de no quedarse solo en casa después de la muerte de Rosa, y que cada mata que cuida le recuerda que todavía tiene una razón para salir de la cama cada mañana. Salas lo escucha en silencio, sin prometerle nada.
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Tres semanas más tarde, la Junta de Acción Comunal recibe una comunicación oficial de la constructora: el proyecto se ha modificado para reducir ligeramente el tamaño del edificio y conservar la trasera del lote, donde podrá seguir funcionando una versión más pequeña del huerto. No es la victoria completa que Camila había imaginado durante la audiencia, pero tampoco es la derrota que había temido esa misma noche.
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Cuando Camila le agradece personalmente a Salas, unos meses después, mientras los primeros pisos del edificio ya empiezan a levantarse junto al huerto reducido, él le al gesto: «No lo hice como favor», aclara. «El proyecto necesitaba de todas formas un espacio verde para cumplir con la certificación ambiental. Ustedes simplemente ya estaban aquí.»
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Camila no está del todo segura de creerle, pero tampoco le importa demasiado. Ese sábado, mientras el ruido de las máquinas se mezcla con las voces de los niños que juegan entre las matas de tomate, don Aurelio riega, como siempre, sin apurarse.
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Show English translation
Camila arrives at the garden every Saturday morning, even before the rest of the neighborhood is fully awake. Three years ago, she and a group of neighbors in La Perseverancia turned an abandoned lot, full of rubble and weeds, into a community garden where tomatoes, cilantro, beans, and a row of marigolds someone planted just because they liked the color now grow. It isn't a big project and it has no official sign, but for several families in the neighborhood it has become something like a town square: a place where the kids play while the adults water the plants and catch up on each other's week.
One Tuesday afternoon, someone pins a notice to the entrance gate. It's an announcement from the Altavista construction company, informing them that the lot has been sold and has an approved permit to build an apartment building. The garden, the paper says, must be vacated within thirty days.
That same night, the group gathers around the garden's one bench, under the light of a street lamp. Don Aurelio, who has tended the garden almost every day since his wife Rosa died four years ago, barely says anything; he just stares at the tomato plants as if he were already saying goodbye to them. Yesenia, who brings her two kids every afternoon after school, is the first to break the silence: "We can't just let them take it from us without a fight." Mateo, the youngest in the group, proposes something more concrete: collecting signatures and requesting a public hearing at the local mayor's office, plus telling the garden's story on social media so more people find out.
Over the following week, Camila and Mateo go door to door asking for signatures. Not every neighbor seems equally convinced. "I've seen this before," an older man tells them from his window. "In the end, construction companies always get what they want." Even so, by Friday they've gathered nearly two hundred signatures, enough for the community council to get them a slot at the next public hearing.
The hearing takes place in a cold room at the local mayor's office, with plastic chairs and a microphone that cuts out every couple of minutes. Camila, hands trembling, explains that the garden has been running for three years at no cost to the district, that it has served as an educational space for the neighborhood's children, and that losing it would be a real loss for the community. Engineer Rodrigo Salas, the construction company's representative, responds courteously but without giving any ground: the permit is legal, the plans are already approved, and although he regrets the situation, his company can't change the project just because a group of neighbors is asking.
Camila leaves the hearing feeling like they'd lost before they even started. "At least we tried," Yesenia says that night, without much conviction in her voice.
But a few days later, something no one expected happens. Engineer Salas shows up alone at the garden one Saturday morning, hard hat under his arm, to measure the lot with more care than he'd had time for before. He runs into don Aurelio, who's watering the plants and barely pays him any attention at first. They end up talking for almost an hour. Don Aurelio tells him the garden started as a way not to be alone at home after Rosa's death, and that every plant he tends reminds him he still has a reason to get out of bed each morning. Salas listens in silence, promising him nothing.
Three weeks later, the community council receives an official communication from the construction company: the project has been modified to slightly reduce the size of the building and preserve the back strip of the lot, where a smaller version of the garden will be able to keep running. It isn't the total victory Camila had imagined during the hearing, but it isn't the defeat she'd feared that same night either.
When Camila personally thanks Salas a few months later, while the building's first floors are already going up next to the shrunken garden, he brushes off the gesture: "I didn't do it as a favor," he clarifies. "The project needed a green space anyway to meet the environmental certification. You all just happened to be here first."
Camila isn't entirely sure she believes him, but it doesn't bother her too much either. That Saturday, while the noise of the machines mixes with the voices of the kids playing among the tomato plants, don Aurelio waters them, as always, without rushing.
Vocabulary in this story
- escombros
- rubble, debris
- maleza
- weeds, overgrowth
- caléndulas
- marigolds
- matas
- plants (common in Latin American Spanish)
- clava un aviso
- pins up a notice
- reja
- gate, metal fence
- desocuparse
- be vacated
- plazo
- deadline, time period
- Junta de Acción Comunal
- local community council, a neighborhood-level civic body in Colombia
- ceder terreno
- give ground, back down
- franja
- strip, section (of land)
- resta importancia
- downplays, brushes off
Comprensión(check what you understood)
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